"Al amor que debo tragarme lentamente,
dolorosamente...
Nuevamente."
Es como enfrentar a la muerte
dos veces y perder.
Me persigue la ausencia,
pero no es como esa simple no presencia momentánea
que sanaba al encuentro de tus ojos,
al son de tu voz.
La ausencia que hoy digo se parece a la asfixia.
Llega de a poco y se vuelve insoportable,
casi mortal.
Los que viven allá se convierten en aire:
Se les puede respirar, se les respira.
Están por todas partes,
se te quedan en la sangre;
te golpean la cara cuando andas en la calle;
sus voces te buscan el oído;
se disfrazan de cualquiera pa comerte el pensamiento;
para meterse en tus ojos y provocar el llanto.
Se roban tu tiempo y no necesitan ni pretexto ni coartada.
Se adueñan de todo:
del sol, de la música, del cajón, del papel y de las letras,
las paredes, la comida.
Todo lo ocupan, todo lo rebasan.
La lengua se te viene en sus palabras,
entonces te escuchas y descubres que eran indispensables,
se arropan en el amor de la distancia,
donde no existe el desacuerdo o el enojo;
se vuelven casi santos.
Son como difuntos tempraneros y para hablar con ellos,
sólo nos sirve el silencio.
Irás lejos, a vivir al vecindario de la ausencia, donde
no se necesita el cuerpo para estar ocn los amigos...
Buen viaje.
Maurico Melgar Álvarez
sábado, 29 de enero de 2011
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