sábado, 21 de abril de 2012
miércoles, 25 de enero de 2012
aquí, nuevamente
Lo bueno como valor
El acto moral aspira a ser una realización de lo “bueno”. Pero ¿qué es lo bueno?
En los pueblos primitivos, lo bueno es ante todo la valentía, y lo malo, la cobardía. Con la división de la sociedad en clases, pierde su significado universal humano; ya no todos los hombres son, o pueden ser buenos, sino sólo un sector o una minoría de ellos: los hombres libres.
En los tiempos modernos, lo bueno es lo que concuerda con la naturaleza humana como ser racional o espiritual. Sobre esta idea de lo bueno se esconden intereses humanos por parte de las clases sociales dominantes. Ninguna clase acepta como bueno lo que entra en contradicción con sus intereses. (¿Metáfora de lo que hoy sucede en nuestro pueblo, con la posibilidad de que la Bodega Aurrerá se instale aquí, y con la lucha de los opositores (minoría) y no opositores? Reflexionémoslo)
El acto moral aspira a ser una realización de lo “bueno”. Pero ¿qué es lo bueno?
En los pueblos primitivos, lo bueno es ante todo la valentía, y lo malo, la cobardía. Con la división de la sociedad en clases, pierde su significado universal humano; ya no todos los hombres son, o pueden ser buenos, sino sólo un sector o una minoría de ellos: los hombres libres.
En los tiempos modernos, lo bueno es lo que concuerda con la naturaleza humana como ser racional o espiritual. Sobre esta idea de lo bueno se esconden intereses humanos por parte de las clases sociales dominantes. Ninguna clase acepta como bueno lo que entra en contradicción con sus intereses. (¿Metáfora de lo que hoy sucede en nuestro pueblo, con la posibilidad de que la Bodega Aurrerá se instale aquí, y con la lucha de los opositores (minoría) y no opositores? Reflexionémoslo)
sábado, 29 de enero de 2011
IRÁS LEJOS
"Al amor que debo tragarme lentamente,
dolorosamente...
Nuevamente."
Es como enfrentar a la muerte
dos veces y perder.
Me persigue la ausencia,
pero no es como esa simple no presencia momentánea
que sanaba al encuentro de tus ojos,
al son de tu voz.
La ausencia que hoy digo se parece a la asfixia.
Llega de a poco y se vuelve insoportable,
casi mortal.
Los que viven allá se convierten en aire:
Se les puede respirar, se les respira.
Están por todas partes,
se te quedan en la sangre;
te golpean la cara cuando andas en la calle;
sus voces te buscan el oído;
se disfrazan de cualquiera pa comerte el pensamiento;
para meterse en tus ojos y provocar el llanto.
Se roban tu tiempo y no necesitan ni pretexto ni coartada.
Se adueñan de todo:
del sol, de la música, del cajón, del papel y de las letras,
las paredes, la comida.
Todo lo ocupan, todo lo rebasan.
La lengua se te viene en sus palabras,
entonces te escuchas y descubres que eran indispensables,
se arropan en el amor de la distancia,
donde no existe el desacuerdo o el enojo;
se vuelven casi santos.
Son como difuntos tempraneros y para hablar con ellos,
sólo nos sirve el silencio.
Irás lejos, a vivir al vecindario de la ausencia, donde
no se necesita el cuerpo para estar ocn los amigos...
Buen viaje.
Maurico Melgar Álvarez
dolorosamente...
Nuevamente."
Es como enfrentar a la muerte
dos veces y perder.
Me persigue la ausencia,
pero no es como esa simple no presencia momentánea
que sanaba al encuentro de tus ojos,
al son de tu voz.
La ausencia que hoy digo se parece a la asfixia.
Llega de a poco y se vuelve insoportable,
casi mortal.
Los que viven allá se convierten en aire:
Se les puede respirar, se les respira.
Están por todas partes,
se te quedan en la sangre;
te golpean la cara cuando andas en la calle;
sus voces te buscan el oído;
se disfrazan de cualquiera pa comerte el pensamiento;
para meterse en tus ojos y provocar el llanto.
Se roban tu tiempo y no necesitan ni pretexto ni coartada.
Se adueñan de todo:
del sol, de la música, del cajón, del papel y de las letras,
las paredes, la comida.
Todo lo ocupan, todo lo rebasan.
La lengua se te viene en sus palabras,
entonces te escuchas y descubres que eran indispensables,
se arropan en el amor de la distancia,
donde no existe el desacuerdo o el enojo;
se vuelven casi santos.
Son como difuntos tempraneros y para hablar con ellos,
sólo nos sirve el silencio.
Irás lejos, a vivir al vecindario de la ausencia, donde
no se necesita el cuerpo para estar ocn los amigos...
Buen viaje.
Maurico Melgar Álvarez
viernes, 17 de septiembre de 2010
METAMORFOSIS
"La serpiente muere cuando no puede cambiar de piel. Del mismo modo, los espíritus a quienes se les impide cambiar de opiniones dejan de ser espíritus". (Aurora, 573)
viernes, 9 de julio de 2010
EL PARAISO
La cuestión del futuro
Este nuestro mundo no nos satisface.
La experiencia que tenemos de nuestra vida y de la historia es una experiencia como de una realidad “penúltima”.
Tenemos un deseo que se proyecta más allá de lo que aquí es posible.
La fe cristiana enfrenta, con su reflexión sobre las “realidades últimas”, el originario problema humano del futuro y da un respuesta: la promesa del cumplimiento pleno y definitivo en Dios.
Para los creyentes en Cristo, el futuro esperado ha ya tenido un inicio, una anticipación, una primera manifestación. No es un futuro nebuloso y eventual. Ya existe un signo de un futuro “realizado”
Con la resurrección de Jesús ha iniciado a realizarse el futuro pleno y definitivo de Dios.
El futuro ya ahora actúa con anticipación en la fuerza del Espíritu Santo
La realidad en la que vivimos no se acaba en lo que experimentamos y conocemos. Dios está ya presente: la comunión de vida con Él, en la que el hombre encuentra plenitud, empieza ya en nuestro mundo.
Porque el cristiano espera una justicia, una paz y una felicidad perfectas, intenta ya ahora de ir al encuentro de este “don”, con su actividad comprometida; con mucha dedicación y con la certeza de que todo irá hacia un fin bueno
En la resurrección de Jesús está contenida una promesa para todos: la vida plena, eterna y feliz. Lo que aconteció con Jesús lo tenemos en frente como objeto cierto de esperanza.
No es sólo esto. No se trata sólo de una meta prometida y todavía ausente en nuestro presente. El futuro, más bien, ya actúa ahora, de manera anticipada, en la fuerza del Espíritu Santo
La fuerza de la resurrección está ya actuando en nosotros, en el gozo, en el amor, en la esperanza, en la voluntad y la capacidad de seguimiento de Jesús, en la perseverancia y el compromiso por los demás
Ante que llegue la muerte, la vida tiene un carácter de provisionalidad, es susceptible de revisión, está abierta a diferentes posibilidades. Sólo en la muerte la totalidad de la vida se vuelve definitiva. Sólo de la muerte la vida recibe su carácter definitivo
La proximidad de la muerte da profundidad a la vida: se conduce una vida mejor, el amor se vuelve más profundo, íntimo y apasionado. La vida entera se ve enriquecidaSin muerte en la vida todo quedaría sin “vínculos”, superficial, un juego siempre revocable.
Tenemos un tiempo limitado y, por eso, debemos establecer prioridades...
Continuará en el siguiente apartado
Este nuestro mundo no nos satisface.
La experiencia que tenemos de nuestra vida y de la historia es una experiencia como de una realidad “penúltima”.
Tenemos un deseo que se proyecta más allá de lo que aquí es posible.
La fe cristiana enfrenta, con su reflexión sobre las “realidades últimas”, el originario problema humano del futuro y da un respuesta: la promesa del cumplimiento pleno y definitivo en Dios.
Para los creyentes en Cristo, el futuro esperado ha ya tenido un inicio, una anticipación, una primera manifestación. No es un futuro nebuloso y eventual. Ya existe un signo de un futuro “realizado”
Con la resurrección de Jesús ha iniciado a realizarse el futuro pleno y definitivo de Dios.
El futuro ya ahora actúa con anticipación en la fuerza del Espíritu Santo
La realidad en la que vivimos no se acaba en lo que experimentamos y conocemos. Dios está ya presente: la comunión de vida con Él, en la que el hombre encuentra plenitud, empieza ya en nuestro mundo.
Porque el cristiano espera una justicia, una paz y una felicidad perfectas, intenta ya ahora de ir al encuentro de este “don”, con su actividad comprometida; con mucha dedicación y con la certeza de que todo irá hacia un fin bueno
En la resurrección de Jesús está contenida una promesa para todos: la vida plena, eterna y feliz. Lo que aconteció con Jesús lo tenemos en frente como objeto cierto de esperanza.
No es sólo esto. No se trata sólo de una meta prometida y todavía ausente en nuestro presente. El futuro, más bien, ya actúa ahora, de manera anticipada, en la fuerza del Espíritu Santo
La fuerza de la resurrección está ya actuando en nosotros, en el gozo, en el amor, en la esperanza, en la voluntad y la capacidad de seguimiento de Jesús, en la perseverancia y el compromiso por los demás
Ante que llegue la muerte, la vida tiene un carácter de provisionalidad, es susceptible de revisión, está abierta a diferentes posibilidades. Sólo en la muerte la totalidad de la vida se vuelve definitiva. Sólo de la muerte la vida recibe su carácter definitivo
La proximidad de la muerte da profundidad a la vida: se conduce una vida mejor, el amor se vuelve más profundo, íntimo y apasionado. La vida entera se ve enriquecidaSin muerte en la vida todo quedaría sin “vínculos”, superficial, un juego siempre revocable.
Tenemos un tiempo limitado y, por eso, debemos establecer prioridades...
Continuará en el siguiente apartado
martes, 8 de junio de 2010
Sobre servicio y compromiso
Todos, indistintamente, hemos sido llamados a algo específico…
SOLIDARIOS
En una sociedad donde hay gente que vive hundida en el hambre o la miseria, sólo hay una disyuntiva (alternativa): vivir como imbéciles, indiferentes al sufrimiento de los demás, o despertar el corazón y mover las manos para ayudar a los necesitados.
Dios quiere ver a todos sus hijos e hijas disfrutando de una vida digna y justa. De ahí el grito de Jesús. “No podéis servir a Dios y al dinero”. Hay que escoger.
Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: “¿Qué haré, pues no tengo dónde almacenar mi cosecha?”. Y dijo: “Voy a hacer esto: voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes, reuniré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva par a muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea”. Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?”.
Un rico terrateniente se ve sorprendido por una cosecha que supera todas sus expectativas. ¿Qué hará? ¿Pensará en los jornaleros que trabajan en su tierra? ¿Se compadecerá de los hambrientos? El rico toma una decisión propia de un hombre poderoso: no añadirá un granero más a los que ya tiene; los destruirá todos y construirá otros nuevos y más grandes. No lo hace pensando en sus jornaleros ni en los desposeídos que pasan hambre. Aquella cosecha inesperada, verdadera bendición de Dios, la disfrutará sólo él, nadie más. En adelante se dedicará a “descansar, comer, beber y banquetear” (Génesis 41, 35-36).
De forma inesperada interviene Dios. Sus palabras son duras. Aquel rico no disfrutará de sus bienes. Morirá esa misma noche durante el sueño. Su actuación es propia de un “necio” que ignora a Dios y se olvida de los seres humanos. Jesús concluye su parábola con una interrogante final que plantea Dios y al que los oyentes han de responder: todos aquellos productos almacenados por el rico “¿para quién serán?”. Los desdichados que rodean a Jesús no tienen duda alguna. Esas cosechas con las que Dios bendice los campos de Israel, ¿no han de ser, en primer lugar, para quienes necesitan pan para no morir?
La parábola de Jesús era un desafío a todo el sistema. El rico del relato no es un monstruo. Su actuación en habitual entre los ricos de Séforis o Tiberíades: solo piensan en sí mismo y en su bienestar. Siempre es así: los poderosos van acaparando bienes y los desposeídos se van hundiendo en la miseria. Este estado de cosas, según Jesús, es una insensatez que destruye a los más débiles y no da seguridad a los poderosos. Entrar en el reino de Dios pondría a los ricos mirando a los que padecen miseria y hambre.
En el Evangelio de Mateo se recoge un relato impresionante donde se habla de la ayuda a los necesitados como el criterio que decidirá la suerte final de todos. Es una narración en la que se combina una descripción grandiosa del juicio de todas las naciones reunidas ante su rey y una sencilla escena pastoril que se repetía todos los días al atardecer, cuando los pastores recogían sus rebaños.
Mateo 25, 31-46.
La escena es grandiosa: el Hijo del Hombre llega como Rey con un cortejo grandioso, “acompañado de todos sus ángeles”, y se sienta en su “trono de gloria”. Ante Él comparece la asamblea de todas las naciones. Es el momento de la verdad. Allí están gentes de todas las razas y pueblos, de todas las culturas y religiones, generaciones de todos los tiempos. Todos los habitantes del orbe. Israel y los pueblos gentiles van a escuchar el veredicto final.
El Rey comienza por separarlos en dos grupos, como hacían los pastores con su rebaño: las ovejas a un lado, para dejarlas al fresco durante la noche, pues así les va mejor; las cabras a otro lado, para cobijarlas en el interior, porque el frío de la noche no les hace bien. El Rey, pastor de todos los pueblos, tiene con cada grupo un diálogo esclarecedor. Al primer grupo le invita a acercarse: “Venid, benditos de mi Padre”: son hombres y mujeres que reciben la bendición de Dios para heredar el reino “preparado para ellos desde la fundación del mundo”. Al segundo grupo le invita a apartarse: “Apartaos de mí, malditos”: son los que se quedan sin la bendición de Dios y sin el reino. En realidad, no hay propiamente una sentencia judicial. Cada grupo se dirige hacia el lugar que ha escogido. Los que han orientado su vida hacia el amor o la misericordia, terminan en el reino del amor y la misericordia de Dios. Los que han excluido de sus vidas a los necesitados se auto excluyen del reino de Dios, donde solo hay acogida y amor.
El criterio para separar a los dos grupos es preciso y claro: unos han reaccionado con compasión ante los necesitados; los otros han vivido indiferentes a su sufrimiento. El rey habla de seis situaciones de necesidad, básicas y fundamentales. No son casos irreales, sino situaciones que todos conocen y que se dan en todos los pueblos de todos los tiempos. En todas partes hay hambrientos y sedientos, hay inmigrantes y desnudos; enfermos y encarcelados. No se dice en el relato grandes palabras. No se habla de justicia y de solidaridad, sino de comida, de ropa, de algo de beber, de un techo para resguardarse. No se habla tampoco de “amor”, sino de cosas tan concretas como “dar”, “acoger”, visitar” “acudir”. Lo decisivo no es un amor teórico, sino la compasión que ayuda al necesitado.
La sorpresa se produce cuando el rey asegura: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos pequeños, a mí me lo hicisteis”. El primer grupo manifiesta un asombro: nunca han visto al rey en estas gentes hambrientas, enfermas o encarceladas; ellos han pensado solo en su sufrimiento, en nada más. La extrañeza es compartida por el segundo grupo: ni se les había pasado por la cabeza que podían estar desatendiendo a su propio rey. Pero este se reafirma en lo dicho: Él está presente en el sufrimiento de estos “hermanos pequeños”. Lo que se les hace a ellos se le está haciendo a Él.
Los que son declarados “benditos del Padre” no han actuado por motivos religiosos, sino por compasión. No es su religión ni la adhesión explícita a Jesús lo que los conduce al reino de Dios, sino su ayuda a los necesitados. El camino que conduce a Dios no pasa necesariamente por la religión, el culto o la confesión de fe, sino por la compasión hacia los hermanos pequeños.
Jesús abre otra vía de acceso a Dios distinta de lo sagrado: la ayuda al hermano necesitado. La religión no tiene el monopolio de la salvación; el camino más acertado es la ayuda al necesitado. Por él caminan muchos hombres y mujeres que no han conocido a Jesús.
Al SERVICIO del proyecto de Dios
Jesús no pensó fundar una escuela rabínica. Tampoco había llamado a sus apóstoles para “servirle”. Jesús no necesita una corte de discípulos y discípulas, dispuestos a satisfacer sus deseos. Era exactamente al revés. Él es quien se siente servidor de todos: “Yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27). Su intención no es crear una comunidad ritualmente pura y obediente a la ley, más bien les enseña a compartir mesa con gentes extrañas del grupo; los quiere ver entre la ovejas perdidas de Israel. Nunca pensó en un grupo cerrado y excluyente. No quería formar con ellos una comunidad de elegidos de Dios.
Jesús los llama para que compartan su experiencia de la irrupción del reino de Dios y, juntamente con él, participen en la tarea de ayudar a la gente a escogerlo. Dejan su trabajo, pero no para vivir en el ocio y la vagancia, sino para entregarse con todas sus energías al reino de Dios. Abandonan a su padre para defender a tantas gentes privadas de padre y protección. Hay que crear una familia nueva acogiendo al único padre de todos. No es fácil, seguir a Jesús los convierte en personas desplazadas. Su llamada los arranca de la aldea, la familia y el trabajo donde hasta entonces han encontrado identidad, seguridad y protección.
SOLIDARIOS
En una sociedad donde hay gente que vive hundida en el hambre o la miseria, sólo hay una disyuntiva (alternativa): vivir como imbéciles, indiferentes al sufrimiento de los demás, o despertar el corazón y mover las manos para ayudar a los necesitados.
Dios quiere ver a todos sus hijos e hijas disfrutando de una vida digna y justa. De ahí el grito de Jesús. “No podéis servir a Dios y al dinero”. Hay que escoger.
Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: “¿Qué haré, pues no tengo dónde almacenar mi cosecha?”. Y dijo: “Voy a hacer esto: voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes, reuniré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva par a muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea”. Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?”.
Un rico terrateniente se ve sorprendido por una cosecha que supera todas sus expectativas. ¿Qué hará? ¿Pensará en los jornaleros que trabajan en su tierra? ¿Se compadecerá de los hambrientos? El rico toma una decisión propia de un hombre poderoso: no añadirá un granero más a los que ya tiene; los destruirá todos y construirá otros nuevos y más grandes. No lo hace pensando en sus jornaleros ni en los desposeídos que pasan hambre. Aquella cosecha inesperada, verdadera bendición de Dios, la disfrutará sólo él, nadie más. En adelante se dedicará a “descansar, comer, beber y banquetear” (Génesis 41, 35-36).
De forma inesperada interviene Dios. Sus palabras son duras. Aquel rico no disfrutará de sus bienes. Morirá esa misma noche durante el sueño. Su actuación es propia de un “necio” que ignora a Dios y se olvida de los seres humanos. Jesús concluye su parábola con una interrogante final que plantea Dios y al que los oyentes han de responder: todos aquellos productos almacenados por el rico “¿para quién serán?”. Los desdichados que rodean a Jesús no tienen duda alguna. Esas cosechas con las que Dios bendice los campos de Israel, ¿no han de ser, en primer lugar, para quienes necesitan pan para no morir?
La parábola de Jesús era un desafío a todo el sistema. El rico del relato no es un monstruo. Su actuación en habitual entre los ricos de Séforis o Tiberíades: solo piensan en sí mismo y en su bienestar. Siempre es así: los poderosos van acaparando bienes y los desposeídos se van hundiendo en la miseria. Este estado de cosas, según Jesús, es una insensatez que destruye a los más débiles y no da seguridad a los poderosos. Entrar en el reino de Dios pondría a los ricos mirando a los que padecen miseria y hambre.
En el Evangelio de Mateo se recoge un relato impresionante donde se habla de la ayuda a los necesitados como el criterio que decidirá la suerte final de todos. Es una narración en la que se combina una descripción grandiosa del juicio de todas las naciones reunidas ante su rey y una sencilla escena pastoril que se repetía todos los días al atardecer, cuando los pastores recogían sus rebaños.
Mateo 25, 31-46.
La escena es grandiosa: el Hijo del Hombre llega como Rey con un cortejo grandioso, “acompañado de todos sus ángeles”, y se sienta en su “trono de gloria”. Ante Él comparece la asamblea de todas las naciones. Es el momento de la verdad. Allí están gentes de todas las razas y pueblos, de todas las culturas y religiones, generaciones de todos los tiempos. Todos los habitantes del orbe. Israel y los pueblos gentiles van a escuchar el veredicto final.
El Rey comienza por separarlos en dos grupos, como hacían los pastores con su rebaño: las ovejas a un lado, para dejarlas al fresco durante la noche, pues así les va mejor; las cabras a otro lado, para cobijarlas en el interior, porque el frío de la noche no les hace bien. El Rey, pastor de todos los pueblos, tiene con cada grupo un diálogo esclarecedor. Al primer grupo le invita a acercarse: “Venid, benditos de mi Padre”: son hombres y mujeres que reciben la bendición de Dios para heredar el reino “preparado para ellos desde la fundación del mundo”. Al segundo grupo le invita a apartarse: “Apartaos de mí, malditos”: son los que se quedan sin la bendición de Dios y sin el reino. En realidad, no hay propiamente una sentencia judicial. Cada grupo se dirige hacia el lugar que ha escogido. Los que han orientado su vida hacia el amor o la misericordia, terminan en el reino del amor y la misericordia de Dios. Los que han excluido de sus vidas a los necesitados se auto excluyen del reino de Dios, donde solo hay acogida y amor.
El criterio para separar a los dos grupos es preciso y claro: unos han reaccionado con compasión ante los necesitados; los otros han vivido indiferentes a su sufrimiento. El rey habla de seis situaciones de necesidad, básicas y fundamentales. No son casos irreales, sino situaciones que todos conocen y que se dan en todos los pueblos de todos los tiempos. En todas partes hay hambrientos y sedientos, hay inmigrantes y desnudos; enfermos y encarcelados. No se dice en el relato grandes palabras. No se habla de justicia y de solidaridad, sino de comida, de ropa, de algo de beber, de un techo para resguardarse. No se habla tampoco de “amor”, sino de cosas tan concretas como “dar”, “acoger”, visitar” “acudir”. Lo decisivo no es un amor teórico, sino la compasión que ayuda al necesitado.
La sorpresa se produce cuando el rey asegura: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos pequeños, a mí me lo hicisteis”. El primer grupo manifiesta un asombro: nunca han visto al rey en estas gentes hambrientas, enfermas o encarceladas; ellos han pensado solo en su sufrimiento, en nada más. La extrañeza es compartida por el segundo grupo: ni se les había pasado por la cabeza que podían estar desatendiendo a su propio rey. Pero este se reafirma en lo dicho: Él está presente en el sufrimiento de estos “hermanos pequeños”. Lo que se les hace a ellos se le está haciendo a Él.
Los que son declarados “benditos del Padre” no han actuado por motivos religiosos, sino por compasión. No es su religión ni la adhesión explícita a Jesús lo que los conduce al reino de Dios, sino su ayuda a los necesitados. El camino que conduce a Dios no pasa necesariamente por la religión, el culto o la confesión de fe, sino por la compasión hacia los hermanos pequeños.
Jesús abre otra vía de acceso a Dios distinta de lo sagrado: la ayuda al hermano necesitado. La religión no tiene el monopolio de la salvación; el camino más acertado es la ayuda al necesitado. Por él caminan muchos hombres y mujeres que no han conocido a Jesús.
Al SERVICIO del proyecto de Dios
Jesús no pensó fundar una escuela rabínica. Tampoco había llamado a sus apóstoles para “servirle”. Jesús no necesita una corte de discípulos y discípulas, dispuestos a satisfacer sus deseos. Era exactamente al revés. Él es quien se siente servidor de todos: “Yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27). Su intención no es crear una comunidad ritualmente pura y obediente a la ley, más bien les enseña a compartir mesa con gentes extrañas del grupo; los quiere ver entre la ovejas perdidas de Israel. Nunca pensó en un grupo cerrado y excluyente. No quería formar con ellos una comunidad de elegidos de Dios.
Jesús los llama para que compartan su experiencia de la irrupción del reino de Dios y, juntamente con él, participen en la tarea de ayudar a la gente a escogerlo. Dejan su trabajo, pero no para vivir en el ocio y la vagancia, sino para entregarse con todas sus energías al reino de Dios. Abandonan a su padre para defender a tantas gentes privadas de padre y protección. Hay que crear una familia nueva acogiendo al único padre de todos. No es fácil, seguir a Jesús los convierte en personas desplazadas. Su llamada los arranca de la aldea, la familia y el trabajo donde hasta entonces han encontrado identidad, seguridad y protección.
domingo, 6 de junio de 2010
¡Sólo Tengo 17 años!
Anónimo
El día que morí fue un día escolar ordinario, ¡cómo hubiera deseado haber tomado el camión esa mañana!, pero me sentía muy suficiente para irme en automóvil. Recuerdo muy bien como conseguí el auto de mamá, un favor muy especial, argüí: ¡todos los muchachos manejan!
Cuando sonó la campana a las 14:30, guardé mis libros en el pupitre y estaría libre todo el día; corrí emocionado al estacionamiento al pensar que iba a manejar un auto, estaba feliz, y estaba feliz porque sería mi propio jefe, libre al fin. No importa como sucedió el accidente, estaba distraído y manejaba demasiado rápido arriesgándome como un loco, pero divirtiéndome y saboreando mi libertad.
Lo último que recuerdo es haber rebasado a una anciana que conducía muy despacio; escuché un ensordecedor estallido y sentí un sacudimiento espantoso, vidrios y acero volaron por doquier, parecía que mi cuerpo entero se volteaba al revés, escuché gritar desaforadamente. De repente todo estaba muy quieto, un agente de la policía estaba cerca de mí, luego divisé un doctor, ¡mi cuerpo estaba hecho pedazos y saturado de sangre!, trozos de vidrio me salían por todas partes, ¡que raro que no sintiera nada!
¡Oiga, no me tape la cabeza con esa sábana, ¡no puedo estar muerto!, sólo tengo 17 años!, además tengo una cita esta noche; se supone que yo debo crecer y tener una vida maravillosa, no he comenzado a vivir todavía, no puedo estar muerto. Después fui colocado en una gaveta, mi familia tuvo que identificarme. ¿Por qué tuvieron que verme así?, ¿por qué ver a mamá que se enfrentaba a la prueba más terrible de su vida? Papá pareció de pronto un anciano, y le dijo al encargado: "Sí, sí señor, éste es mi hijo".
El funeral fue una experiencia macabra, vi a todos mis familiares y amigos rodeando el ataúd, desfilaban uno a uno y me contemplaban con los ojos más tristes que jamás había visto. Algunos de mis amigos, mis amigas tocaban mi mano y sollozaban al retirarse.
¡Por favor, alguien, despiérteme, sáqueme de aquí!, no soporto ver a papá y mamá tan inconsolables; mis abuelitos están tan conmocionados que apenas pueden caminar, mis hermanos están como sonámbulos, se mueven como robots, todos están tan ofuscados, nadie puede creer esto y yo tampoco lo creo.
¡Por favor, no me entierren! ¡No estoy muerto! Tengo mucho por vivir, quiero reír y correr otra vez, quiero cantar y bailar. Por favor, no me entierren.
Dios mío, te prometo que si me das otra oportunidad, seré el conductor más cuidadoso del mundo, todo lo que te pido es una oportunidad más. Por favor Dios, por favor Dios mío, ¡déjame vivir!
¡Sólo tengo 17 años!
El día que morí fue un día escolar ordinario, ¡cómo hubiera deseado haber tomado el camión esa mañana!, pero me sentía muy suficiente para irme en automóvil. Recuerdo muy bien como conseguí el auto de mamá, un favor muy especial, argüí: ¡todos los muchachos manejan!
Cuando sonó la campana a las 14:30, guardé mis libros en el pupitre y estaría libre todo el día; corrí emocionado al estacionamiento al pensar que iba a manejar un auto, estaba feliz, y estaba feliz porque sería mi propio jefe, libre al fin. No importa como sucedió el accidente, estaba distraído y manejaba demasiado rápido arriesgándome como un loco, pero divirtiéndome y saboreando mi libertad.
Lo último que recuerdo es haber rebasado a una anciana que conducía muy despacio; escuché un ensordecedor estallido y sentí un sacudimiento espantoso, vidrios y acero volaron por doquier, parecía que mi cuerpo entero se volteaba al revés, escuché gritar desaforadamente. De repente todo estaba muy quieto, un agente de la policía estaba cerca de mí, luego divisé un doctor, ¡mi cuerpo estaba hecho pedazos y saturado de sangre!, trozos de vidrio me salían por todas partes, ¡que raro que no sintiera nada!
¡Oiga, no me tape la cabeza con esa sábana, ¡no puedo estar muerto!, sólo tengo 17 años!, además tengo una cita esta noche; se supone que yo debo crecer y tener una vida maravillosa, no he comenzado a vivir todavía, no puedo estar muerto. Después fui colocado en una gaveta, mi familia tuvo que identificarme. ¿Por qué tuvieron que verme así?, ¿por qué ver a mamá que se enfrentaba a la prueba más terrible de su vida? Papá pareció de pronto un anciano, y le dijo al encargado: "Sí, sí señor, éste es mi hijo".
El funeral fue una experiencia macabra, vi a todos mis familiares y amigos rodeando el ataúd, desfilaban uno a uno y me contemplaban con los ojos más tristes que jamás había visto. Algunos de mis amigos, mis amigas tocaban mi mano y sollozaban al retirarse.
¡Por favor, alguien, despiérteme, sáqueme de aquí!, no soporto ver a papá y mamá tan inconsolables; mis abuelitos están tan conmocionados que apenas pueden caminar, mis hermanos están como sonámbulos, se mueven como robots, todos están tan ofuscados, nadie puede creer esto y yo tampoco lo creo.
¡Por favor, no me entierren! ¡No estoy muerto! Tengo mucho por vivir, quiero reír y correr otra vez, quiero cantar y bailar. Por favor, no me entierren.
Dios mío, te prometo que si me das otra oportunidad, seré el conductor más cuidadoso del mundo, todo lo que te pido es una oportunidad más. Por favor Dios, por favor Dios mío, ¡déjame vivir!
¡Sólo tengo 17 años!
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