Todos, indistintamente, hemos sido llamados a algo específico…
SOLIDARIOS
En una sociedad donde hay gente que vive hundida en el hambre o la miseria, sólo hay una disyuntiva (alternativa): vivir como imbéciles, indiferentes al sufrimiento de los demás, o despertar el corazón y mover las manos para ayudar a los necesitados.
Dios quiere ver a todos sus hijos e hijas disfrutando de una vida digna y justa. De ahí el grito de Jesús. “No podéis servir a Dios y al dinero”. Hay que escoger.
Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: “¿Qué haré, pues no tengo dónde almacenar mi cosecha?”. Y dijo: “Voy a hacer esto: voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes, reuniré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva par a muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea”. Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?”.
Un rico terrateniente se ve sorprendido por una cosecha que supera todas sus expectativas. ¿Qué hará? ¿Pensará en los jornaleros que trabajan en su tierra? ¿Se compadecerá de los hambrientos? El rico toma una decisión propia de un hombre poderoso: no añadirá un granero más a los que ya tiene; los destruirá todos y construirá otros nuevos y más grandes. No lo hace pensando en sus jornaleros ni en los desposeídos que pasan hambre. Aquella cosecha inesperada, verdadera bendición de Dios, la disfrutará sólo él, nadie más. En adelante se dedicará a “descansar, comer, beber y banquetear” (Génesis 41, 35-36).
De forma inesperada interviene Dios. Sus palabras son duras. Aquel rico no disfrutará de sus bienes. Morirá esa misma noche durante el sueño. Su actuación es propia de un “necio” que ignora a Dios y se olvida de los seres humanos. Jesús concluye su parábola con una interrogante final que plantea Dios y al que los oyentes han de responder: todos aquellos productos almacenados por el rico “¿para quién serán?”. Los desdichados que rodean a Jesús no tienen duda alguna. Esas cosechas con las que Dios bendice los campos de Israel, ¿no han de ser, en primer lugar, para quienes necesitan pan para no morir?
La parábola de Jesús era un desafío a todo el sistema. El rico del relato no es un monstruo. Su actuación en habitual entre los ricos de Séforis o Tiberíades: solo piensan en sí mismo y en su bienestar. Siempre es así: los poderosos van acaparando bienes y los desposeídos se van hundiendo en la miseria. Este estado de cosas, según Jesús, es una insensatez que destruye a los más débiles y no da seguridad a los poderosos. Entrar en el reino de Dios pondría a los ricos mirando a los que padecen miseria y hambre.
En el Evangelio de Mateo se recoge un relato impresionante donde se habla de la ayuda a los necesitados como el criterio que decidirá la suerte final de todos. Es una narración en la que se combina una descripción grandiosa del juicio de todas las naciones reunidas ante su rey y una sencilla escena pastoril que se repetía todos los días al atardecer, cuando los pastores recogían sus rebaños.
Mateo 25, 31-46.
La escena es grandiosa: el Hijo del Hombre llega como Rey con un cortejo grandioso, “acompañado de todos sus ángeles”, y se sienta en su “trono de gloria”. Ante Él comparece la asamblea de todas las naciones. Es el momento de la verdad. Allí están gentes de todas las razas y pueblos, de todas las culturas y religiones, generaciones de todos los tiempos. Todos los habitantes del orbe. Israel y los pueblos gentiles van a escuchar el veredicto final.
El Rey comienza por separarlos en dos grupos, como hacían los pastores con su rebaño: las ovejas a un lado, para dejarlas al fresco durante la noche, pues así les va mejor; las cabras a otro lado, para cobijarlas en el interior, porque el frío de la noche no les hace bien. El Rey, pastor de todos los pueblos, tiene con cada grupo un diálogo esclarecedor. Al primer grupo le invita a acercarse: “Venid, benditos de mi Padre”: son hombres y mujeres que reciben la bendición de Dios para heredar el reino “preparado para ellos desde la fundación del mundo”. Al segundo grupo le invita a apartarse: “Apartaos de mí, malditos”: son los que se quedan sin la bendición de Dios y sin el reino. En realidad, no hay propiamente una sentencia judicial. Cada grupo se dirige hacia el lugar que ha escogido. Los que han orientado su vida hacia el amor o la misericordia, terminan en el reino del amor y la misericordia de Dios. Los que han excluido de sus vidas a los necesitados se auto excluyen del reino de Dios, donde solo hay acogida y amor.
El criterio para separar a los dos grupos es preciso y claro: unos han reaccionado con compasión ante los necesitados; los otros han vivido indiferentes a su sufrimiento. El rey habla de seis situaciones de necesidad, básicas y fundamentales. No son casos irreales, sino situaciones que todos conocen y que se dan en todos los pueblos de todos los tiempos. En todas partes hay hambrientos y sedientos, hay inmigrantes y desnudos; enfermos y encarcelados. No se dice en el relato grandes palabras. No se habla de justicia y de solidaridad, sino de comida, de ropa, de algo de beber, de un techo para resguardarse. No se habla tampoco de “amor”, sino de cosas tan concretas como “dar”, “acoger”, visitar” “acudir”. Lo decisivo no es un amor teórico, sino la compasión que ayuda al necesitado.
La sorpresa se produce cuando el rey asegura: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos pequeños, a mí me lo hicisteis”. El primer grupo manifiesta un asombro: nunca han visto al rey en estas gentes hambrientas, enfermas o encarceladas; ellos han pensado solo en su sufrimiento, en nada más. La extrañeza es compartida por el segundo grupo: ni se les había pasado por la cabeza que podían estar desatendiendo a su propio rey. Pero este se reafirma en lo dicho: Él está presente en el sufrimiento de estos “hermanos pequeños”. Lo que se les hace a ellos se le está haciendo a Él.
Los que son declarados “benditos del Padre” no han actuado por motivos religiosos, sino por compasión. No es su religión ni la adhesión explícita a Jesús lo que los conduce al reino de Dios, sino su ayuda a los necesitados. El camino que conduce a Dios no pasa necesariamente por la religión, el culto o la confesión de fe, sino por la compasión hacia los hermanos pequeños.
Jesús abre otra vía de acceso a Dios distinta de lo sagrado: la ayuda al hermano necesitado. La religión no tiene el monopolio de la salvación; el camino más acertado es la ayuda al necesitado. Por él caminan muchos hombres y mujeres que no han conocido a Jesús.
Al SERVICIO del proyecto de Dios
Jesús no pensó fundar una escuela rabínica. Tampoco había llamado a sus apóstoles para “servirle”. Jesús no necesita una corte de discípulos y discípulas, dispuestos a satisfacer sus deseos. Era exactamente al revés. Él es quien se siente servidor de todos: “Yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27). Su intención no es crear una comunidad ritualmente pura y obediente a la ley, más bien les enseña a compartir mesa con gentes extrañas del grupo; los quiere ver entre la ovejas perdidas de Israel. Nunca pensó en un grupo cerrado y excluyente. No quería formar con ellos una comunidad de elegidos de Dios.
Jesús los llama para que compartan su experiencia de la irrupción del reino de Dios y, juntamente con él, participen en la tarea de ayudar a la gente a escogerlo. Dejan su trabajo, pero no para vivir en el ocio y la vagancia, sino para entregarse con todas sus energías al reino de Dios. Abandonan a su padre para defender a tantas gentes privadas de padre y protección. Hay que crear una familia nueva acogiendo al único padre de todos. No es fácil, seguir a Jesús los convierte en personas desplazadas. Su llamada los arranca de la aldea, la familia y el trabajo donde hasta entonces han encontrado identidad, seguridad y protección.
martes, 8 de junio de 2010
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