jueves, 3 de junio de 2010

LA CONFORMACIÓN DEL PODER RELIGIOSO

Abel Benigno Hernández


Podemos asumir, por lo menos provisionalmente, que la sociedad es una urdimbre de estructuras de poder que mantienen juegos de acción y resistencia recíproca y en la cual cada una pretende mostrar su dominio sobre las otras mediante lógicas específicas. Es el caso de las estructuras económicas, de las políticas, las ideológicas y las religiosas. La estructura de poder político, por ejemplo, pretende someter a la estructura económica, representada por las corporaciones trasnacionales, las empresas nacionales, las instituciones financieras y las transacciones de capital, entre otras, mediante la ya antigua noción de rectoría del Estado, lo cual ha logrado sólo parcial y temporalmente. Durante los años recientes se ha visto el acrecentamiento del poder político e ideológico de las estructuras eclesiales, particularmente de la católica y, siguiendo la misma racionalidad, ha efectuado acciones planificadas y concertadas para acotar los márgenes de decisión del poder político y civil; la vía mediante la cual ha estado operando es la difusión mediática, la activación de las organizaciones subordinadas, la presión sobre los cuerpos de legisladores ideológicamente afines y la colocación de sus propios conceptos en la agenda política del Congreso de la Unión. Paradójicamente, en la estructura eclesial el poder está pensado bajo la forma de servicio, de acción para buscar la felicidad, sobre todo la eterna, de los demás. El “poder es un ejercicio que conlleva a obligar al otro a realizar una acción. El servicio a los demás es la clave bajo la que se ha pensado el poder”. Sin embargo, las acciones concretas que efectúan los representantes de la estructura eclesial obedecen a otra lógica distinta.

La comprensión de dicha lógica debe centrarse en diversas preguntas cuya respuesta ayudará indudablemente a la comprensión de la conformación del poder religioso, por ejemplo, las siguientes: ¿cómo se conforma y funciona la estructura eclesial de poder?, ¿Cómo se legitima y se encarna en la sociedad el poder religioso? Las posibles respuestas apuntarán al hecho de que, desde sus inicios, la Iglesia ha atribuido su origen y su poder a la voluntad divina y se ha presentado como depositaria de las grandes verdades de fe, de moral y de costumbres, lo cual la ha convertido, hacia su propio interior y hacia la sociedad y la historia, en una institución que no admite cuestionamientos. Su acción y poder aparecen, a lo largo de los siglos, como una propiedad dada a los “elegidos”, a los que llega como efecto de la irradiación que deriva del centro o de la cúspide jerárquica. La justificación del poder, el “bien común” del individuo y de la colectividad, así como la aplicación de la “verdad”, no siempre son nítidas y claras, sino que muchas veces se confunden con los intereses particulares de esta institución.

La respuesta a la pregunta por la conformación del poder apunta a su estructura, que se expresa en forma jerárquica y se manifiesta en la esfera de la semántica y de la semiótica, es decir, en el ámbito de los significados y de los signos y símbolos. De esa manera permite, prohíbe, dicta y dice lo que debe hacerse; su actuar es limitador, penetra hasta lo más secreto e íntimo de la conducta humana, controla, orienta, configura realidades y se plasma en instancias intermedias como representantes del poder absoluto: las diócesis, las parroquias, las provincias religiosas, las instituciones educativas, las comunidades. También se plasma en el discurso, en la normatividad, en la carga ideológica y en los códigos de conducta que promueven. Notamos que “el poder existe en la Iglesia y se deriva de su orden jerárquico, con su ejercitación del saber, la enseñanza de la recta conciencia y la simbología del autoconvencimiento sacrificado en aras del bien colectivo”.

La estructura eclesial

La estructura eclesial configura una dinámica vertical, de arriba abajo y siempre jerarquizada. “Los de arriba controlan el saber, la información, los recursos; a los de abajo sólo les queda someterse, ser dóciles, acatar... Y el poder mismo se ve obligado a reprimir, por su esencia y por el bien común, todos aquellos comportamientos que no van en línea con el orden establecido”. La Iglesia Católica ha perdurado a lo largo de dos milenios y se asume a sí misma como eterna. Durante ese tiempo ha ido acrecentando los márgenes de su poder y su control, pero ¿Debemos asumir que esta actitud y forma de poder permanecerá latente hasta el fin de los tiempos?

La Iglesia encontró en su estructura jerárquica una fuente de poder y control sobre sus fieles mediante la generación de desigualdad y expandió su poder y dominio a través de la catequesis del miedo (Muerte, juicio final, infierno, cielo…), si bien ocultando su ejercicio del poder mediante ideales y formas sutiles de comportamiento y valores: servicio, entrega, sacrificio, solidaridad, aceptación, sufrir con paciencia… y virtudes: fe, esperanza, amor, como pilares fundamentales de su estructura.

Junto a ello fue saturando la vida social de normas y costumbres como si fuesen exigencias naturales, como si respondieran a genuinas necesidades sociales o como simple manifestación de la voluntad de Dios, expresada por medio del papa, de los obispos y de los clérigos. La normatividad quedó consignada en las encíclicas, catecismos y cartas pastorales y demás escritos eclesiales. ¿Cómo fue posible que la Iglesia presentara una realidad diferente e inalcanzable en esta vida para el hombre simple y común? ¿Cómo se dio el caso de que diversos grupos olvidaran el mundo de lo real y se concentraran en ideales ascéticos? Estas son otras formas de cuestionarnos por los mecanismos históricos y sicológicos del poder religioso.

Bajo esta estructura de poder, la Iglesia ha generado una profunda desigualdad y se ve cuestionada por la sociedad que intenta emanciparse. La distribución efectiva del poder se plasma en la manera práctica de organizarse jerárquica e institucionalmente y así, decide sus intereses, pone en marcha sus objetivos, acota la conciencia de sus futuros representantes, y todo esto lo transforma en rutinas y rituales que configuran la base del dominio social. Se transforman, además, en valores sustentados en criterios esencialistas, sin tener para nada en cuenta la realidad, los contextos, la dignidad humana y en muchas ocasiones ni siquiera la praxis de Jesús. Social e individualmente se experimentan las consecuencias de este ejercicio de poder por la vía axiológica, que ha ido configurando a las personas y creando al hombre a su imagen y semejanza, reduciéndolo, mermando sus capacidades, haciéndolo sentir culpable y digno del infierno, llenándolo de enojos y frustraciones ante lo imposible, abrigándolo con miedos inexplicables, mermando su dignidad y, pese a todo ello, convirtiéndolo a la colectividad, en ¿“pueblo de Dios”?

Desde un punto de vista sociológico y filosófico es muy difícil aceptar que la misma voluntad divina constituye la fuente del poder eclesial, ahí cuando la misma existencia de lo sobre natural es una cuestión irresoluta. Pese a ello ha sido la máxima que mediatiza el orden natural con el orden divino, y que sacraliza las decisiones jerárquicas. Junto a ello, aún en el caso de que asumiéramos la existencia divina, ¿cómo garantizaríamos algún acceso al conocimiento y al pensamiento de Dios? Más allá de la Revelación, que se da por la vía de la fe, no existe manera alguna. Por esa razón, la argumentación eclesial en torno a la fuente del poder se convierte en un círculo vicioso.

Así, en nombre de la Verdad y del Bien, buscando la “pureza moral” y la “salvación de los hombres”, no aquí, sino en la vida futura, enseña cuál debería de ser el actuar recto y castiga a quienes se alejan de estas enseñanzas, expulsándolos, condenándolos, separándolos. La historia humana ha asistido a espectáculos tales como las luchas ideológicas-religiosas, la ruptura social y familiar, la exclusión, la Inquisición, las limpiezas étnicas, las cruzadas, la violencia, la guerra santa. Igualmente la historia muestra en todas sus páginas que siempre han existido seres humanos bien asentados en su ser personal que se han rebelado ante esta forma absolutista e irracional de entender el poder por el poder, considerándolo como un atentado a la libertad humana y un intento de posesión del ser divino y del control del hombre. Ahora bien, si la forma de acción de la Iglesia muestra su naturaleza vertical en el ejercicio del poder y de las decisiones, “¿cómo se ejerce la representación de los excluidos en el proceso…? ¿Cómo se retroalimenta una élite cerrada que a la vez mantiene una enorme capacidad de convocatoria?”.

En el ejercicio del poder se revelan contradicciones extrañas, como la pretensión de la Iglesia de representar y exigir fidelidad doctrinal, valoral y de comportamiento a las personas que ella misma excluye de su estructura y con las cuales mantiene una relación ilusoria de comprensión de su realidad. De hecho los modelos conceptuales y morales mantienen una gran distancia de las condiciones reales y afectivas de las personas y las comunidades.


Los mecanismos de internalización del poder eclesial

Como parte del interés por comprender la conformación del poder religioso es importante considerar cuáles son y cómo operan los mecanismos de internalización de la autoridad eclesial en la conciencia individual y en el imaginario social; la manera como ha participado la Iglesia en la organización de la sociedad; el discurso y la argumentación mediante los cuáles ha ido conformando las conciencias y ha definido un modelo de hombre. En todos estos mecanismos la Iglesia histórica ha enfrentado el avance científico y cultural del mundo y aún lo sigue haciendo, pese a la descreditación social y científica que padecen sus ideas doctrinarias y algunos ideales suyos.

La internalización del poder religioso se expresa en la multitud de creyentes que viven tranquilamente, despreocupados, seguros, encerrados en sus fortalezas y abrazados a una sola idea aprendida en la cual Dios premia a los buenos y castiga a los malos.

No se da el caso de que todos los individuos acepten el pensamiento simple de la relación bajo los criterios doctrinales de carácter eclesial. También se da el caso de personas que no temen enfrentarse a las estructuras de poder que se han aplicado y ejercido en la historia mediante la palabra, los símbolos, la estructura, el canon, la psicología y otros instrumentos de control. Sin embargo, aún estos individuos han abrevado de las cargas simbólicas religiosas y han vivido en una sociedad conformada mediante criterios religiosos, desde el diseño urbano hasta la valoración socialmente aceptada. Dichos individuos han intervenido en organismos sociales que no por poseer carácter laico o no confesional dejan de suscribir valores asociados al judeo cristianismo pues como afirma un autor “la religión no desaparece, sino que se constituye en una esfera de legalidad interna específica, que existe en relación y tensión con otras esferas como la económica, la política, la estética, la erótica y la intelectual”.

Si sus valores no permearan a todas las organizaciones, entonces la estructura eclesial sufriría una pérdida de su centralidad funcional a la vez que se haría más cercana y creíble como institución próxima al hombre, lo cual no ha ocurrido, pese a los altos márgenes de secularismo y racionalidad. No dudemos que “la modernidad requiere de la destructuración del pensamiento y el dominio de lo religioso, para entrar en la edad de la ciencia y del progreso, en la que el hombre conquista su propio devenir”. En antagonismo contra estas estructuras de poder dentro de la Iglesia, que encuentran su receptor en la masa de personas de escasa preparación, el pensamiento crítico –e incluso, dicho desde la óptica religiosa, la fe madura- no teme a la duda y mucho menos tiene miedo a caminar en contra de este poder tradicional; es capaz de enfrentarse, como Jesús en su momento, al Sanedrín y dialogar con él, confrontarlo, cuestionarlo, desnudarlo y preguntar una y otra vez por la esencia de lo religioso; no teme reconocer las estructuras de poder eclesial y los mecanismos sociales y epistemológicos que éste ha utilizado para cimentar su lógica de poder en la conciencia individual y colectiva.

Mediante una visión más detallada de las estructuras de poder de la Iglesia, intento comprender el dominio sutil de la jerarquía sobre el pueblo, frecuentemente confundido, ante una institución que emite normas, reglamentos, leyes y dogmas, a través de encíclicas, catecismos, manuales, devocionarios, homilías y cartas pastorales, fuentes todas ellas para un análisis discursivo que revela una importante frontera entre modelos y realidades y el alejamiento paulatino de la población. A juzgar por la presencia que su ascendencia mantiene, por ejemplo en los escenarios creados por los medios de comunicación, es necesario replantear los modos de acción por los cuales la Iglesia ha mantenido el poder, tanto en el interior de su propia organización como en la conciencia social, al mismo tiempo que ha ido perdiendo credibilidad y cercanía. La fe en la Iglesia patriarcal y jerárquica está en agonía pero no así sus mecanismos de intervención en lo social.

En la comprensión de la conformación del poder religioso es necesario recuperar las viejas y nuevas teorías sobre el poder y, a la vez, es necesario encontrar pensamientos nuevos, ideas reveladoras o intuiciones fecundas, que hagan posible la comprensión del fenómeno religioso desde la filosofía y las ciencias sociales. Aún desde la misma perspectiva religiosa existen posturas, mucho menos ancladas en lo clerical, que reclama la acción de la inteligencia, que intenta comprender la razón de las cosas y reclama su profundización racional: fides quaerens intellectum. (La fe que se cuestiona).
La construcción simbólica del poder
La conformación del poder religioso no se agota en la estructura eclesial pues se expresa mediante signos, símbolos, ritos, liturgias, ornamentos, cantos, palabras, conceptos, libros, artefactos, calendarios y tiempos, espacios abiertos y cerrados, edificios, sacramentos, títulos, códigos y tratos humanos. Estos elementos se convirtieron en velos que ocultaron la idea originaria del cristianismo e impidieron la comprensión y expansión de la realidad manifestada por Jesús, “porque la letra mata, mientras que el Espíritu da la vida” (Cf. 2 Cor 3, 6). La estructura eclesial, al ir consolidándose en el poder, fue dejando de ser, tal como ella misma se considera, signo de salvación para convertirse en signo de muerte, pues alejó de ella el Espíritu y se quedó sólo con la ley. Poco a poco se fue consolidando como autoridad política con cuerpo legal, logrando el cambio de la concepción del universo y de los eventos del ciclo de la vida humana mediante formulaciones sostenidas por sus conocimientos e ideales; se encerró cada vez más en su horizonte de preocupaciones terminando como algo diferente a las sociedad, “concluyendo en el particularismo, donde (…) deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás”.
¿Cómo se generó una mutación de ese nivel? Es decir, ¿Cómo llegó el poder a cambiar la esencia misma de la religión? ¿Cómo se gestó el dominio mediante el uso de la palabra, la manipulación de los signos y la obligatoriedad de la moral, si los fundadores de las diversas religiones (incluso Jesús-Cristo, que no fue fundador de la Iglesia en cuanto tal) mostraban y transmitían su misticismo a través de sus acciones e interrelaciones con los demás?
A la muerte de los fundadores, sus seguidores intentaron continuar la vivencia del mensaje. Lo escribieron, o mejor dicho, intentaron escribirlo y solo lograron plasmar los recuerdos próximos; de esa manera narraron los hechos remotos, expandieron “sus palabras” y las fueron interpretando en el contexto de cada cultura, época y comunidad. Al quedar escrita, las palabras de los fundadores se convirtieron en letra y con ello su realidad dinámica quedó reducida. Sin embargo, la verdadera reducción o peor aún, la petrificación del mensaje originario se consumó en los documentos eclesiales, ahí donde entre ellos y los Evangelios mantuvieron finalidades radicalmente distintas.
Dentro de la misma argumentación religiosa queda en claro la separación entre la letra, asociada al poder, y el espíritu, asociado al ejercicio de la libertad. San Juan escribió, refiriéndose al espíritu: “El viento sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va” (Cf. Jn 3, 8). Este versículo asume que el espíritu no es patrimonio de ninguna religión ni está encasillado. Por tanto, la palabra que manifiesta el espíritu no es necesariamente una palabra escrita, indeleble, mucho menos es palabra única, ininterpretable, asumible, promulgada por un grupo para ser aceptada por una comunidad como una sola verdad; no es una palabra para quedar petrificada en los cánones, encíclicas, o catecismos, sino es, ante todo, una palabra capaz de descubrir al espíritu en la evolución de la vida, actuando en el antagonismo constante de la realidad.
La estructura de poder de la Iglesia se expresa mediante acciones excluyentes, doctrinales, monológicas, patriarcales y paternalistas, muy lejos del diálogo igualitario e intercultural. Los efectos conducen y provocan marginalidad, sumisión, conformismo, letargo intelectual y la anulación de las personas cargadas de capacidades. Posiblemente, a causa de dicha estructura se puede observar que la Jerarquía eclesial va perdiendo legitimidad moral, ante el resto de la sociedad, no obstante que, por su parte, exige el respeto a los derechos humanos que, en su interior ella misma no reconoce en sus propios miembros.
El poder de la Iglesia-Institución se basa en un modelo jerárquico y vertical, con un marcado carácter patriarcal, monosexual y machista. La Iglesia-institución fue creciendo cuando sustituyó el discernimiento por la norma, la pregunta por la afirmación, la búsqueda por la decisión de autoridad; así, según el mismo discurso oficial, “hoy tenemos una Iglesia estructurada jerárquicamente, con personalidad moral, constituida por ordenación divina”, (Cf. Derecho Canónico, c.113), una sociedad en donde existen personas jurídicas y físicas ordenadas para cumplir la misión de enseñar, santificar y gobernar al pueblo cristiano el cual está sometido al papa, pues –siguiendo la misma argumentación- “En el Romano Pontífice permanece la función que el Señor encomendó a Pedro; es la cabeza del Colegio de Obispos; Vicario de Cristo; pastor de la Iglesia Universal y tiene potestad suprema sobre ella y la puede ejercer libremente” (Cf. canon 331). No obstante, además de tener potestad sobre la Iglesia, la tiene sobre las demás agrupaciones y como pastor supremo, sus sentencias o decretos no tienen apelación alguna. Todos están a su disposición y desde él se va constituyendo y difundiendo el poder a través de métodos, no siempre muy sutiles, de control. Así, la principal legitimación del poder eclesial radica en el sustento que deriva de su propio discurso y de su propia afirmación, lo que convierte a su estructura de poder en una dictadura perfecta, de cuño divino.
Este ejercicio de poder no se agota ni expresa exclusivamente en la dimensión jerárquica, sino además, en el uso de significados y signos, es decir, posee una dimensión semiótica, pues como dice un autor:
“La estructura de poder eclesial, se va constituyendo en la perspectiva semiótica (Centrada en las formas de simbolización. Agotadora en la medida en que refleja una codificación perfecta de actos, personas, gestos, movimientos y objetos) y semántica (Centrada en el discurso, en los mensajes de las autoridades religiosas. En dichos discursos destacan las cargas propias de su lógica argumentativa, las intencionalidades explícitas e implícitas y la visión del mundo y del hombre)”.
Mediante tales recursos la estructura jerárquica asume el objeto de su misión: la mediación entre los hombres y Dios. Los lugares de acción en los que interactúan están cargados de símbolos que obtienen el objetivo perseguido, concediendo visiones del mundo y proponiendo conductas determinadas que permiten el acceso a los actos moralmente buenos y aceptables. Con esta forma de acción, “las Jerarquías Religiosas: Se convierten en administradoras de los secretos, de los ritos y de las palabras, de los sacramentos (…) derecho exclusivo que deriva de una concesión divina y en cuyos términos se explica el poder. Se trata del poder de dar o negar, retener, abrir, o cerrar las puertas del Paraíso. Se convierte en un poder real sobre las vidas y las conciencias de los creyentes”.

Podemos decir entonces que la administración de los sacramentos, la interpretación de la y la enseñanza de la catequesis, constituyen también una fuente fundamental del poder. Para poder interpretar todas estas verdades, los mismos miembros de la estructura de poder se convierten en los hermeneutas de lo sagrado por derecho propio.

Una vez lograda la interpretación de estos textos y de la Tradición, todo este conocimiento se traduce en “palabra de Dios” que se actualiza en la voz del Papa pues la palabra cumple diversas funciones: “Mediante la palabra se bendice, se maldice, se admite, se expulsa, se canoniza, se enseña, se castiga, se advierte. Mediante la palabra se conforman las conciencias y se define la moral. Quien posee el dominio de la palabra posee el poder de las conciencias y de las conductas, de los sentimientos y de las acciones. El poder religioso es un poder cimentado en la administración de la palabra” .

La estructura eclesial está diseñada de forma tal que todo se encuentra en código y todos conocen su acción dentro de ella; todo está premeditadamente pensado y elaborado; las formas de vestir cumplen su misión específica, según el lugar que ocupan dentro de la Jerarquía. El símbolo cobra víctimas y adhiere a las personas al interior de la estructura, en función de ella. Todo está perfectamente elaborado que no cabe margen a errores.

Los ritos se muestran también como expresiones, en sí mismos, de fuente de poder religioso ya que ellos hacen comprender lo incomprensible y alcanzar lo inalcanzable, enlazando el mundo terrenal con el espiritual. Es así como una fuente de poder, por paradójica que parezca, es enseñar lo que no se ve, decir lo que no se dice, esto es, manifestar los secretos de la divinidad y su actuar mismo asumiendo todo esto como verdadero. “La Santa Sede, en su espacio físico, en las conductas, palabras y pensamientos de sus actores de la jerarquía, en sus archivos, en sus discursos y homilías, es más lo que calla y oculta que lo que dice y demuestra” .

No es fácil esclarecer el tema en cuestión; es necesario recuperar alguna de las teorías del poder para reconocer la conformación del poder religioso y su instalación en el imaginario colectivo. Junto a ello seguramente apoyaría el análisis la realización de un estudio no solamente en torno a la estructura del poder de la iglesia romana, sino un estudio comparativo con la iglesia anglicana y otras denominaciones religiosas. Además, en adición a ello, otra posibilidad de análisis se sitúa en la aplicación de la estructura de poder en regiones específicas, como Oaxaca, donde conviven comunidades rurales, urbanas e indígenas. ¿Cómo se levanta el poder religioso?¿Cómo se instala en la conciencia de la gente? ¿Cómo permea en la estructura social? ¿Cómo se convierte en norma civil? Estamos ante un punto de partida.

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